Inmersiones en Pecios
 El buceo en pecios no se trata de una simple inmersión, es labor de equipo, un reto, aplicar varias técnicas en conjunto y constante evolución, un retroceso en el tiempo, querer saber más y adentrarte en los misterios de la historia sumergida…es una pasión.

Poder sobrevolar y adentrarte en los restos de pecios olvidados en nuestros fondos, es un echo que nos gratifica ampliamente, puesto que nos otorga el privilegio de transportarnos en el tiempo, pudiendo contemplar y admirar, lo que queda de esos buques que en tiempos pasados contribuyeron al desarrollo de nuestro país y ahora son los vestigios de nuestra historia, muchas veces ignorada en las profundidades.

Buscamos estos restos sin perder de vista las indicaciones de las sondas, atentos a cualquier marca de elevación del fondo, detección de bancos de peces o cualquier cambio de profundidad no reflejado en las líneas isobáticas de nuestra carta. Una vez que determinamos que pudiéramos tener localizados los restos de un naufragio, nos preparamos para la inmersión. Dependiendo de la profundidad y el tiempo de fondo, utilizamos distintas mezclas de gases respirables.

 

Cuando buceas en un pecio, te invade una sensación de gozo indescriptible. Mientras aún estás realizando el descenso sujeto al cabo de referencia, empiezas a distinguir una sombra que emerge desde el fondo, después una leve silueta del pecio, en este momento el corazón se acelera unos segundos y los ojos se te abren como platos. Finalmente lo conseguimos, sobrevolamos las entrañas de esos testigos del tiempo que han permanecido ocultos bajo las aguas. Trátese del Scotland o del España, ya sea el Río Miera, los maltrechos restos del pesquero Lolo Nin o incluso el Antártico a pesar se encontrarse a escasos metros de la superficie, hasta el más pequeño de sus recovecos nos brinda un descubrimiento.

La fuerza del Cantábrico deja su huella en estos gigantes de acero, en ocasiones no son más que restos de lo que  fueron las calderas, corazón que les dio vida en su día y unos cuantos hierros retorcidos. Otros, sin embargo, se muestran desafiantes reposando en el fondo, como si en cualquier momento fueran a despertar de su letargo.



Dichos naufragios, que un día provocaron grandes pérdidas económicas, incluso humanas, en los casos más desafortunados, como queriendo resarcirse del mal causado, hoy son auténticos oasis sumergidos. Hábitat de acero y hierro que albergan entre sus compartimentos a los más dispares pobladores,  como por ejemplo, grandes congrios, depredadores implacables, después de devorar alguna despistada faneca, que pasó a engrosar su amplia lista de víctimas, los restos alimentan a sus vecinos los bogavantes, que esperan impacientes el festín descansando sobre sus grandes pinzas. Las maseras, centollos, galatéas y  nécoras tampoco se quieren perder tan suculento plato. Otros esporádicos visitantes, peces luna, lubinas, sargos, machotes, etc. se nos acercan con curiosidad y asombro por los nuevos inquilinos.

Cuando muy a nuestro pesar, finaliza la inmersión y debemos regresar a la superficie, nos detenemos unos segundos durante el accenso para poder admirar de nuevo la magnitud de los restos que en su día fue un gran barco, por un momento, se refleja en nuestros pensamientos, como si de una película se tratase, la historia de su naufragio.
 
                            

 

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